Libertad y el bosque


“Libertad” es una palabra que se respira hondo. Cuando uno la siente en su corazón, su campo se expande, el alma viaja sobre el espacio y el tiempo. El momento se para. La mente se suelta. Y uno Vive.  ¿Un instante precioso, o un estado?

...Tal vez la Eternidad...

Yo la siento fuertemente cuando me sumerjo en el bosque, cuando dejo que me traspase su calma, esa sustancia interior que protagoniza cada amanecer, la caída de las hojas o el libar de una abeja. En ese instante, las normas externas simplemente no-son.

Y conocer el espíritu de esta diosa cercana, me permite valorar cómo vivo mi vida y llevarla hacia donde quiero.

Damos por sentado que somos libres, que vivimos como queremos, como nos da la gana, como en un acto de rebeldía, y que nuestra sociedad nos otorga el derecho de decisión. Porque vivimos en una sociedad ”avanzada”.

Sin embargo, parece que la realidad pone de manifiesto que no es así. Hay días en que nos levantamos con ganas de seguir durmiendo, a toque de despertador para cumplir con una serie de obligaciones que nos van a perseguir durante la jornada: horarios, normas, trabajos, escuelas, extra-escolares, compromisos sociales, ataduras familiares... Tengo que hacer esto, tengo que hacer lo otro.

¿Y cómo pensamos? A menudo por simpatía a unas determinadas ideas que ni siquiera son nuestras, si no que acoplamos a nuestra personalidad, valorando a qué grupo queremos pertenecer, posicionándonos, creando nuestros propios límites, atándonos a sentimientos políticos, conveniencias sociales, tradiciones culturales o familiares, dogmas y fes que manipulan nuestra espiritualidad, y nos separan...  Límites, ataduras, separación…

También sentimos. ¿De qué manera? Surge una emoción. Nos sentimos tristes, por ejemplo, y nos aferramos a la tristeza, durante horas, durante días, semanas o meses. Nos auto-justificamos con motivos para sentirnos así. La emoción original de tristeza, es llevada a la mente, y la pensamos. Y permitimos que se instale. Y si no nos damos cuenta, acabamos arrastrándola toda la vida, dejando que nos esclavice.  O tal vez, nos sentimos tristes, pero ante los demás mostramos una sonrisa que no abandona nunca nuestra cara.

Son ejemplos que me hacen preguntarme:

¿Somos libres? ¿Soy libre?

Podría parecer que sí, puesto que todo el tiempo estamos eligiendo entre ésto y lo otro, y aparentemente nadie nos fuerza. Decidimos lo que queremos. Pero la libertad no debería conocer los límites.

El alma de un niño que crece conociendo constantemente los límites, empezando por los de su cuerpo dependiente de los cuidados de su madre, y más tarde grabando en su subconsciente “así está bien y así no”, ajeno probablemente a su verdad. Así que, ¿puede ser libre de adulto? ¿Puede conocer, vivir la libertad, si nunca la ha experimentado? ¿Puede entender un concepto de libertad que no sea otro que estar fuera de la cárcel?

Se dice que un pájaro es libre. Pero para mí, un pájaro es Salvaje, expresa su vida. Un pájaro no se plantea el concepto, simplemente Es. Y sí, puede que eso esa la Libertad...

Tal vez no sepamos lo que es la libertad. Que la teoricemos. Hemos aprendido en la escuela que ser libre es el antónimo de ser prisionero. Siento que uno empieza a entrever qué significa plenamente la libertad en el momento en que surge dentro de sí la necesidad del librepensamiento, de la creación verdadera. En el momento en que uno empieza a cuestionarse cada cosa, tanto del exterior, como del propio interior. Es como la felicidad. No es teoría, ni se da por sentado.

Uno empieza a ser libre y a comprender el concepto en su magnitud cuando decide empoderarse, y esto supone un camino de auto-conocimiento interior, de aquello que realmente somos y queremos. Supone dejar espacio a nuestra alma para que se exprese en todo su esplendor. Supone desprenderse de todo lo aprendido, y quedarse con lo que nos emociona verdaderamente.

Permite que el bosque te lleve en sus brazos. Sentirás. No sólo libertad, sino el palpitar entero de la vida verdadera.