Un cuento para nuestros días


Érase una vez una emoción pequeñita que nadaba entre lo profundo del estómago y los riñones, de una niñita llamada VIDA. Era algo así como un pececillo color cielo, tornasolado y esponjoso. ¡No era ni malo ni feo! venía al mundo a proteger a VIDA.

Normalmente MIEDO (que así se llamaba el pececillo) estaba dormidito, bien a gustito en su cueva, y sólo despertaba cuando VIDA corría peligro. En algunas ocasiones, se agitaba produciendo cosquillas. En otras, podía crecer tanto que obligaba a VIDA a correr y subirse a un árbol cuando una manada de bisontes se acercaba a todo trote, amenazando con pisarla. Y en otras ocasiones, MIEDO se hacía taan graaande dentro de VIDA que parecía que el corazón iba a estallarle, le dolía el pecho, y una bolita dura le subía hasta la garganta y le dificultaba el paso de la saliva. MIEDO se adueñaba incluso de gran parte de su respiración cuando era necesario. Se transformaba de tal manera que incluso cambiaba de color y podía mostrar pinchos y virar hasta el negro o el rojo intenso.

Pero pasado el peligro, MIEDO recuperaba su dulce esponjosidad azul y volvía a su cuevita a descansar apaciblemente, feliz por haber protegido a VIDA. Y la niñita comprendía y agradecía ese instinto de supervivencia que habitaba en el centro de su ser. ¡También sabía que no valía la pena pasarse el día subida al árbol por temor a que los bisontes llegaran y la pisaran! Cuando fuera el momento, sus piernas correrían raudas y veloces hacia el arbolito. Pues, de hecho, la manada de bisontes tan sólo pasó una vez por su poblado… Qué pérdida de tiempo hubiera sido... pre-ocuparse y no ir a jugar al río, o a saltar los charcos, a escuchar los cuentos del abuelo, u observar cómo su mamá cocinaba en el fuego a tierra, o correr con los otros niños…

MIEDO no era malo. Pero en una ocasión desafortunada, alimentado por repetitivos sonidos distorsionados, se apoderó del cuerpo y el ser de VIDA, ¡creciendo y creciendo!!! Todo ese ruido externo la hacía sentir tan desprotegida y vulnerable, que entregó su poder a MIEDO, creyendo que sería su salvación… Y él se instaló en su cabeza y ya nada volvió a ser igual para VIDA.

Pasó el tiempo, y Vida se convirtió en una mujer triste, apagada, nerviosa, preocupada, pendiente de todo, pero incapaz de disfrutar del presente y lo que se le ofrecía.

Colorín colorado, este cuento… ¿se ha acabado?

 

Para mí, el miedo no es ni bueno ni malo. Es un instinto de supervivencia que forma parte de la vida. Es “bueno” cuando nos ayuda a protegernos de una situación que puede dañarnos. Es “malo” cuando nos roba la tranquilidad, cuando permitimos que nos domine. No hay que negarlo, hay que VALIDARLO. El miedo es válido, porque tiene una función. Si no tuviéramos nunca miedo, probablemente ya habríamos perdido la vida en cualquier situación del pasado. Pero ello no significa que haya que rendirse a él, ni tampoco luchar contra él. Hay que validarlo, darle su lugar, sin permitir que nos atenace la vida entera.

Estos días son complicados… Aquí explico algunas cosas que me funcionan cuando experimento que el miedo me roba la tranquilidad:

- Respirar, atentamente. La respiración oxigena el cuerpo, las células, las ideas y las emociones.

- Beber agua a sorbos. El agua hidrata cada rincón, reduce el estrés, y nos aporta fluidez y purificación.

- Salivar. La saliva nos ayuda a activar el sistema parasimpático, produciendo relajación, reduciendo los efectos del estrés, la ansiedad, la impaciencia, el nerviosismo…

- Mover el cuerpo, sacudir cada parte ligeramente y con amor, incluyendo la mandíbula y la voz.

- Dibujar una sonrisa en mi cara, y en mi interior.

- Cerrar los ojos en silencio. Cerrando los ojos, cierro mi mente al exterior en cierta manera y me puedo centrar más en mí. El silencio me lleva a escucharme. Aunque igual al principio no me oiga… hay que insistir una vez y otra, hasta llegar a sentir el propio latido y a abrazarse interiormente.

- Observar qué otra emoción se esconde detrás del miedo. Casi siempre descubro que hay otra causa más profunda que la aparente, o incluso un miedo diferente al que en principio parecía: inseguridad en mí misma, necesidad de aprobación, miedo a perder…

- Observar mi Actitud. Importantísima. ¿quiero dejarme llevar por el miedo o quiero sentirme mejor? Con sinceridad. Con honestidad. Con fuerza. Con valentía. Con amor. Y dándome tiempo y comprensión.

- Parar el diálogo interno repetitivo. Cierro medios de comunicación que se dedican a asustarme, inquietarme. No mantengo conversaciones con los demás que me intoxican. Me protejo, pero de verdad. No dejándome llevar por lo que me dicen, si no escuchando qué necesito.

- Tomar Flores de Bach, para el miedo y angustia extrema: Rescate, Rock Rose, Sweet chesnut, Mimulus, Aspen…

- Respirar Aceites esenciales que calman el miedo: Bergamota, jazmín, enebro…

- Escuchar música relajante o mantras. Las frases sagradas permiten a mi mente entrar en relajación.

- Meditar. Puedo apoyarme con Abhaya-Mudra: Mano derecha abierta hacia delante, a la altura del pecho. La izquierda descansa sobre el muslo izquierdo, en el regazo o junto al corazón. Protege y libera del temor.

- Buscar frases afirmativas que me alimenten: permito que el miedo me atraviese, que pase a través de mí y desaparezca.

- Acariciarme, atiendo a mi cuerpo para ayudarle a relajarse, masajeo mi espalda, en la zona de los riñones. Los riñones son la casa de los miedos.

- Y POR SUPUESTO: ¡Vivir o visualizar la Naturaleza! Si estos días no pudiera salir a la naturaleza, me imaginaría paseando por el bosque, jugando con las olas del mar, observando el horizonte, bañándome en una cascada, disfrutando de la puesta del sol.